Pandemia


La primera pandemia de la que tenemos noticia (sin remontarnos al mundo clásico) fue la llamada Peste Negra, invisible cargamento traído de Oriente por las naves genovesas en 1347. Oriente ya era entonces un enorme contenedor de Humanidad donde las bacterias y los virus hacían sus experimentos. Esta supergripe de hoy, conocida en general como “el coronavirus” por el microrganismo que la causa, es poca cosa comparada con aquello, si atendemos a sus síntomas en la mayoría de los pacientes, al porcentaje de muertes sobre el total de infectados, pero mucho más si tenemos en cuenta su extensión. Pandemia, según la Real Academia de la Lengua, se define como una “enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región”. El virus de la Covid-19 ha hecho ambas cosas. Es un desconocido para el sistema inmunológico humano, y eso tiene sus ventajas para él, no para nosotros. Además, al haber pasado a nuestra especie, se ha convertido en un viajero. Era cuestión de tiempo que una nueva enfermedad, de esas que los seres humanos vamos a buscar a los últimos reductos naturales en vez de dejar en paz a las especies que allí viven, saltara a la nuestra y empezara a hacer turismo. El turismo, una de las primeras industrias mundiales, ha pasado de ser algo perfectamente inútil a ser algo decididamente peligroso. El turismo es básicamente una actividad que tiene como objeto alimentar la economía. Casi todo tiene como objeto alimentar la economía, lo cual es raro, si pensamos que la economía debería tener como objeto alimentar a las personas. En la Europa del siglo XIV la peste se propagaba que daba miedo, sobre todo cuando las malas cosechas producían una hambruna. Hoy se propaga más aún el miedo, que es muy contagioso. Al miedo hay que hacerle caso hasta cierto punto, pero manteniendo la cabeza clara: tan malo es el pánico como ignorar la amenaza, hacer como si no existiera, una fórmula mágica que se da de bruces con la realidad. Si la gripe estacional hace de las suyas cada vez que se reinventa en una cepa potente, una enfermedad nueva  como esta ya la imaginábamos como un duro enemigo cuando aún no sabíamos demasiado de ella. Con todo, la realidad no es tan grave como lo que puede conjurar la imaginación  tras ver Contagio, de Steven Soderbergh, una película lúcida y exagerada, documentada pero volcada en el espectáculo comercial del terror y la angustia. Es así, el miedo vende. En la era de la información, ésta nos sirve para reaccionar deprisa y coordinar respuestas, pero la desinformación viaja por las redes a la velocidad del rayo. En el siglo XIV todo duraba más: hambre, guerra y peste fueron las tres protagonistas de la centuria, y el género literario más popular, las danzas de la muerte que ilustró Holbein con sus grabados de esqueletos danzantes. Había entonces pocos médicos, insuficiente higiene, ciencia escasa. Hoy que tenemos muchos médicos y científicos a los que hacer caso, está comprobado que la ciencia fake se reproduce como un virus (informático) en las redes sociales. La mentira, que solía tener las piernas cortas, ha encontrado la mejor de las prótesis: bots, granjas de trolls, la tecnología de la desinformación a su servicio. Los bulos sobre el virus se han propagado mucho más que el virus... O al menos tanto como él.

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