Progreso, retroceso y otras vueltas

Los enemigos invisibles producen un miedo vago y volátil como la paranoia. El miedo guarda la viña. Menos mal que hoy tenemos algunas ideas sobre cómo protegernos de virus y bacterias: imaginen lo bien que se propagaban las infecciones en aquella época en que a los cirujanos les daba mucha risa la idea de lavarse las manos antes de operar. Hoy sabemos bastante bien cómo protegernos gracias a los médicos, a la Organización Mundial de la Salud, a los consejos que nos dan los científicos acostumbrados a tratar con estas criaturas microscópicas. Ignaz Semmelweis fue uno de los primeros en observar que si el médico se lavaba las manos con un antiséptico aumentaban notablemente las posibilidades de supervivencia de los pacientes. En concreto, sus observaciones se realizaron en el ámbito de la obstetricia, donde vio cómo se reducían los casos de fiebre puerperal que mataba a las parturientas en gran número. Se dio cuenta de que morían muchas tras ser atendidas por estudiantes de medicina que participaban habitualmente en sesiones de disección de cadáveres. En cambio, la proporción de las que se veían afectadas de fiebre puerperal tras ser atendidas por matronas era menor. Relacionó la enfermedad con la diseminación de un agente infeccioso. Las observaciones de Semmelweis eran incontestables, pero aún así chocaron con un clima de incomprensión y de oposición. Importantes doctores se sintieron ofendidos ante la idea de que sus importantes manos pudieran estar sucias. Todo esto dañó la salud mental de Semmelweis y terminó en un asilo para lunáticos, donde murió por una herida infectada. Triste historia, broma macabra de esas que urde la vida. El médico húngaro no fue el primero en ver estas cosas, pero a quienes las habían visto antes tampoco les habían hecho mucho caso. En 1795 el escocés Alexander Gordon se había dado cuenta de que la fiebre puerperal era transmitida por los propios doctores y dejó constancia de ello en un tratado titulado Treatise on the Epidemic Puerperal Fever of Aberdeen. Después de Semmelweis, fueron Pasteur y Lister quienes lograron extender las prácticas que pudieron más tarde prevenir sistemáticamente la diseminación de infecciones en las salas quirúrgicas, pero también les costó lo suyo ser escuchados


Cuando pasamos por un sistema de enseñanza reglado en el que vemos de forma panorámicas los avances de la ciencia, todos estos progresos, el paso de la ignorancia sobre la transmisión de la sepsis a las primeras observaciones que identifican las vías de propagación, el descubrimiento de las bacterias, la generalización de las medidas de higiene basadas en el conocimiento profundo de las enfermedades infecciosas; después de estudiar estos pasos y otros intermedios, nos parece que la humanidad ha llegado a un estadio en el que, al menos los grupos con más cultura por sus estudios o profesión, las clases dirigentes, las clases medias o amplios sectores de las mismas, tienen un conocimiento de estos procesos, del papel de la ciencia y la medicina, de las fuentes de las que pueden obtener conocimientos fiables y contrastables, de qué tipo de sustancias sirven como medicamentos y cuáles exclusivamente como tóxicos. Pues el presidente de los EE.UU no tiene ni idea de nada de esto. Da miedo, da pánico. ¿Es que la vida, el mundo, los genios diabólicos que mezclan sustancias alucinógenas en el matraz del destino no se cansan de urdir bromas perversas y comedias disparatadas? Y por cierto, teniendo en cuenta que el Sr. Trump tiene un grado en Economía y Antropología ¿qué diablos enseñan en las diversas escuelas e instituciones de enseñanza por las que pasó?






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