El progreso


Con las últimas vueltas de la historia, a los nuevos ricos de siempre, que nunca son los mismos y que siempre son más zafios, se opone la masa social nacida del derrumbamiento de una parte de las clases medias, sombra amasada con casos, nombres, personas a las que se les ha hundido el suelo bajo los pies. El hambre ha vuelto a ser en Europa el monstruo que duerme bajo la cama, el hambre en los tiempos de las conexiones inalámbricas y de la imagen digital. En los tiempos de la escuela 2.0, los sindicatos de enseñanza griegos nos cuentan que en su país ha habido varios desmayos de alumnos de primaria por hambre. Los recortes de las ayudas sociales les recuerdan a una buena parte de la población que cuando Dios aprieta, aprieta de verdad; y a los grupos de riesgo de antes de la crisis se une la clase media y media baja que protagoniza el desempleo o el florecimiento de los infrasueldos, y que no tiene derecho a ninguna ayuda, según la legislación vigente, o que ve cómo las ayudas desaparecen cuando más falta hacen. Los comedores de Cáritas reciben la visita de personas que no los habían pisado en su vida y los bancos de alimentos no dan abasto, mientras los bancos, que recibieron dinero público a espuertas, al parecer se resisten a hacer circular el dinero allí donde se necesita.
Que el progreso no es inevitable lo sabemos hace tiempo. El progreso, ese invento del siglo de las luces, de la cultura ilustrada europea, es la primera y la última utopía, la más resistente, la isla de tiempo que ni es la misma para todos ni todo el mundo se empeña en perseguir, aunque casi todo el mundo lo hace o cree hacerlo. Persiguiendo el progreso, las sociedades occidentales se han encontrado de pronto siguiendo otra cosa, otras cosas, y nadie recuerda cuándo nos dieron el cambiazo. Sólo vemos que la estela era engañosa, y que podría ser el momento de volver a una idea de progreso más antigua y más sólida. Porque al principio, al principio de este mundo que ha matado sus utopías en los gulags y en los delirios del poder que se perdió por el camino, estaba la idea de que progresar es eliminar el hambre, la explotación y la ignorancia. Y esa idea era buena. Todos estamos de acuerdo en que la idea es buena. Pero sólo es una idea, claro. La ciencia, que nos iba a llevar a un mundo mejor, nos ha traído hasta el negocio de las telecomunicaciones y la idea del progreso ha sido sustituida por la de progreso tecnológico. Eso pasó hace tiempo, en la ciudad mecánica, en Hollywood y en la televisión que te dice lo que tienes que comprar y en el establecimiento que te vende lo que hay que tener. Íbamos a erradicar la pobreza, siempre lo íbamos a hacer, pero estábamos muy ocupados persiguiendo el último teléfono móvil o el último Ipad, ese que se fabrica casi por entero en China, en fábricas llenas de polvo de amianto que de vez en cuando explotan. El progreso, ya ven.

Publicado en el mes de febrero de 2012 en el Diario El Correo

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