miércoles, 31 de julio de 2013

Poemas para la gente: Barrio


Es un barrio en la linde de dos mundos.
Carreteras y calles van al centro
próximo y familiar; también acuden
a otros barrios de sombra y de ceniza
donde ladran los perros, donde juegan los niños
debajo del fragor de la autopista.

En el barrio se mezclan los cercanos
países y sus castas. Es pequeña
la ciudad, el pequeño
cosmos de convenciones y costumbres,
la eterna hipocresía, la esperanza gastada,
los agravios que mueven pequeñas multitudes
despacio hacia el rencor o la derrota,
corriente subterránea de la vida
que mina los pilares bajo la dura luz.

Todo está cerca, pues, de la frontera
Los bancos y los templos y las casas
y las casas
de aquella pretenciosa burguesía
que imitaba palacios.
Agencias, negociados, oficinas,
fortalezas, pasillos
y túneles y salas
y plazas y avenidas.
Al otro lado, las murallas grises
en donde la ciudad proliferaba
una vez abolidas las chabolas.
Descampados, laderas.
Aún debajo
de la cuesta está el monte. El cielo busca
la acequia de la niebla. Defendido
de sí mismo en sus luces resistentes,
en salas de costura, en las cocinas,
en las habitaciones penumbrosas,
el país interior, la pobre vida,
hereda el cauce de una violenta
expansión.
Denso espacio
amontonado por el tiempo ido:
contiene tanta vida que es alegre
en su misma tristeza, y es bien fuerte
en su moderación y en su penuria.
Inquieto toca el límite y, a veces,
lo traspone y derriba las barreras.

Pues ha pasado el tiempo.
Y va pasando aún con sus figuras.
mueve ficha y a veces recompone
el mezquino escenario:
las aceras estrechas,
los humildes locales, los talleres,
las imprentas y la papelería
repleta de escolares y fantasmas.

Todo parece eterno en su presencia
como el sueño de un ángel enfermizo,
pero todo se irá.

En mi barrio también el año arrastra
en su cinta sin fin a las generaciones,
y va dejando huecos
que el viento colma de un extraño
algodón. Es el tiempo.

Y los supervivientes
varados en la acera cuando el sol lo permite
cuentan la historia de otro barrio
cuyo nombre es ayer.

(Del libro: Poemas para la gente, 2007)

Dark

Dark

sábado, 27 de julio de 2013

Espectáculo

Hace mucho calor y mucha confusión. Las tormentas de verano nos acechan. El ambiente está cargado. Somos los habitantes de un entorno artificial hipertrofiado, protagonistas y víctimas (¿protagonistas en tanto que víctimas?) de una superabundancia de objetos y de datos: los conejillos de indias en el laboratorio del tiempo. Las despensas adelgazan pero los televisores siguen llenos. Vivimos en realidades encerradas dentro de otras realidades, en un juego de cajas que contienen cajas, en el reflejo del reflejo y en la onda que dura un instante, antes de que se apague la luz y se disuelva la noticia. Hace mucho calor y el calor adormece, anestesia, aplasta a los espectadores. Los programas de televisión envían a sus viajeros por el mundo para que conviertan el viaje en relato, la experiencia en imagen y a las personas en espectáculo. La relación de factores podría ser otra: podrían convertir la experiencia en espectáculo, las personas en relato, el viaje en imagen. Da igual. El orden de los factores no altera el producto, que suele ser el mismo. El producto sólo cambia cuando se sustituye el espectáculo por otra cosa. Pero es difícil. Se nos va olvidando cómo hacerlo. Toda la realidad es espectáculo y para ser verdaderamente real debe generar un espectáculo reproducible un número potencialmente infinito de veces. 
Por eso Aitor y Janire se fueron a la playa de Bakio a sacarse las fotos de su boda que no pueden vender al Hola. Se habían casado dos semanas antes, pero el reportaje fotográfico lo generaron luego rodando por la arena entre pliegues de raso y olas de espuma como han visto hacer a los protagonistas de las telenovelas. Lo mismo que los actores trabajan ante la cámara y un abundante equipo de técnicos y curiosos, Aitor y Janire posaron ante montones de bañistas que, por supuesto, les grabaron con el móvil. ¿Qué es una boda sin un reportaje fotográfico y un video-reportaje para colgar en Internet? Llegará un momento en que los novios se darán cuenta de que la boda está de más, ya que no es necesaria para hacer el reportaje de la boda. 
Vivimos, sí, tiempos confusos. Hay una gran confusión y hace mucho calor. Este aire caliente del verano marea y hace que los turistas ingleses se tiren por los balcones y que los novios se tiren entre las olas vestidos de blanco y negro a dar el espectáculo bochornoso. Hace un bochorno que mata, un bochorno que cobija sus espectros como espejismos: la cara de palo pálido de Rajoy, las caras pálidas de los cadaveres televisados, las caras de los muertos de hambre y de los muertos de violencia, las de los ahogados y las de los muertos vivientes de las películas. Distinguir entre la realidad y la ficción es cada vez más difícil y por eso hay quienes deciden seguir yendo al trabajo aunque ya no tengan trabajo, con la esperanza de que los demás no noten la diferencia, quizás de no notarla ellos mismos.

Se publicó en el diario El Correo el martes 23 de julio de 2013

sábado, 20 de julio de 2013

Festival

Ha llegado el tiempo de las fiestas populares (las que han nacido de sí mismas en la geografía de la mundialización) y de los festivales que encarnan localmente un paradigma universal: el de la fiesta-concierto al aire libre con electricidad, alcohol y apetito (siempre insatisfecho) de bacanal postmoderna. Mientras Benicássim enferma de un I.V.A del 21%, escasez de abonos y problemas empresariales, el BBK Live Festival de Bilbao se consolida y ya ha pasado este año por las campas akelárricas de Kobetamendi, donde Mark Lanegan salió a cantar bajo una tormenta de los mil diablos y aguantó varias canciones bajo la lluvia y los truenos antes de que la lluvia y los truenos arruinaran el espectáculo. 
El espectáculo, por supuesto, siempre continúa en otra parte, bajo el cielo veleidoso, el cielo benevolente, el cielo eterno, pues el cielo del verano es todas estas cosas, aunque no para todos. El verano eterno es de quienes pueden coger un avión para seguirlo. Ellos lo saben, saben que siempre está ahí, después de un vuelo más o menos corto. Luis Bárcenas lo sabe y se resiste a pasar sus días a la sombra mientras el resto del partido aguanta el sol de julio. Los ciudadanos de a pie, que pagamos impuestos, pagamos los vidrios rotos y hacemos cola para pagar, vemos el verano venir y marcharse con su cortejo de festivales y músicas. Los músicos viajan por un círculo de escenarios, hoteles y aeropuertos para hacer su trabajo, que es arte –más o menos– y el capital viaja por el aire y por la fibra óptica para pagar las fiestas de los paraísos donde siempre es verano y, si no, primavera. “Eventos”, que antes quería decir “acontecimientos”, ahora, por influencia del español de América, es una palabra internacionalmente dedicada a los festivales de todo tipo, a los partidos del Barça, a las grandes reuniones y su compleja organización. Antes usábamos mucho la palabra “fiesta”, y ahora además tenemos esta otra, “festival”, que también viene del latín pero pasando por el inglés y por Río de Janeiro. 
Un festival es algo más que una fiesta, y algo menos genérico, y siempre tiene una parte de despliegue y desfile, o es la parte de despliegue de la fiesta, como el fabuloso crecimiento del caso Bárcenas, que en países menos sometidos al influjo de los dioses del verano hubiera terminado ya en un gran derrumbamiento. La política española debería arruinar la producción de culebrones: éstos ya no servirán ni como imitación chunga de la realidad, que los sobrepasa en sus excesos, ni como evasión, pues se parecen demasiado a ella. Pero siempre habrá quien prefiera una mala copia a un original malo; quien se niegue a mirar este festival desquiciado en el que se disuelve la fiesta de ayer, esta resaca en el que el espectáculo se supera a sí mismo y los actores componen un carnaval grotesco y fantástico que atraviesa el verano.
(Artículo publicado el martes 16 de junio en el diario El Correo)

miércoles, 17 de julio de 2013

El día en que llegó el verano

La playa no está debajo de los adoquines sino al final de una flecha que indica el camino. Al final de la flecha, al final de la tierra (al otro extremo de la fila). Una fila de coches (una flecha de coches) señala el camino de la playa el viernes por la tarde, el sábado temprano. El mundo es una carretera que se despliega, se gasta y se recompone; una carretera que va, por ejemplo, de Madrid al Mediterráneo, de Bilbao a Laredo, del viernes al lunes. La playa está también en el mapa del verano, pero el verano se ha vuelto caprichoso y fastidioso y ha llegado tarde al norte de la península, ha llegado tarde y excesivo, desnortado y desmemoriado, como un viajero que trae las maletas medio deshechas en vez de venir con las maletas debidamente ordenadas y el calendario a punto. Entonces, un día viernes, muchas, muchísimas personas descubren que por fin ha llegado el verano y a todas se les ocurre la misma idea: ¡a la playa! Una orden en forma de señal luminosa se enciende en millones de cerebros misteriosamente coordinados. ¡Todos a las gasolineras!
Ya se han puesto en marcha. Lo que les espera tiene poco que ver con un paisaje natural: es más bien uno de esos espacios intercambiables, como los supermercados o los aeropuertos. Lo que dejan atrás es bien real, aunque tiene el aura irreal de los lugares que parecen haber sufrido el efecto de la bomba de neutrones o, al menos, de una epidemia. ¿Qué dejan atrás? Los desiertos interiores, los remolinos de la reforma laboral, la marea del paro, la resaca de la ley de dependencia, el arrecife de la financiación de los partidos, las trampas mortales de un paisaje social en el que los recursos se redistribuyen de modo que la riqueza fluya siempre (siempre más) desde la base a la cúspide. Atrás queda, por un rato, el culebrón podrido que ha acabado con todas las serpientes de verano (no ha dejado ni una).
Las caravanas cruzan un mundo vacío, un intermedio compuesto por dos polos: la ciudad que se deja atrás y la playa que espera al final del viaje. Pero hay que volver, es necesario volver puntualmente el domingo por la tarde, y entonces el mundo se da la vuelta y se atasca durante unas horas. Quizás en este escenario mecánico lo importante también es el viaje, como suele decirse a propósito de todo viaje. Quizás lo importante es la carretera, el combustible, la ida y la vuelta, la caravana.
Todavía hay gente que se siente feliz en el atasco. Mientras puedan pagar la gasolina, se alegrarán de estar en la carretera, o sea, en el anuncio, en el video, en la cosa esa que se mueve y se obstruye y se mueve de nuevo, demorando el regreso, regresando dentro de una gran corriente al panorama del salario mínimo de 600 euros, donde nadie recuerda que los beneficios del capital también encarecen la producción. Con la contracción de los salarios se ha contraido el consumo. No importa. Todavía hay un ejército de asalariados que acuden animosos a la playa. La playa no es una tierra libre oculta bajo los adoquines de París: es la flecha del destino en mitad del verano, construida mediante una ingeniosa hilera de subcontratas, de concesiones, de tramas y entramados. Y de damnificados, claro, siempre hay damnificados. Daños colaterales.

Así en el cielo como en la Tierra

  Algunos días el tiempo se vuelve extraterrestre. E s por los cirroestratos. E xtienden su capa gris perla y la luz se e xtraña de sí mi...