lunes, 23 de julio de 2012

Trabajo


Los trabajadores, como somos la mayoría de la humanidad, somos muchísimos y muy variados y no nos ponemos de acuerdo. Las rentas del capital son menos gente y tienen muy claros sus intereses. Las rentas del trabajo abarcan un espectro tan amplio de niveles socioculturales y modos de vida, de gentes de todo el planeta que no se conocen de nada, que es muy fácil acentuar las viejas divisiones y crear otras nuevas. Así, quienes pagamos la crisis y los impuestos, quienes pagamos el crecimiento económico y la competitividad y el pato, somos los trabajadores de diferente especialidad, nivel y condición. Pagamos con la vida. Es la vida, gran parte de ella, la que se entrega a cambio del salario. Pero las cosas pueden ser aún más drásticas. De vez en cuando, como un goteo que es parte de la banda sonora de la realidad, aparecen en los medios de comunicación esas noticias sobre trabajadores a los que ha matado su trabajo. El trabajo no debería matar. El trabajo debería ser otra cosa. La gente quiere trabajar para vivir, y el trabajo debería estar al servicio de la vida y no de los balances de las multinacionales. El domingo por la noche me acosté con el titular “Tu Iphone está fabricado por niños de 13 años que trabajan 16 horas al día por 70 centavos a la hora”.  Faltaban pocas horas para que muriera en Galdakao un trabajador de 32 años. En Asia, los enormes beneficios de las grandes compañías salen directamente de la vida de la gente, como el agua de un pozo que se explota hasta el agotamiento. No es gran parte de su tiempo el que quieren las fábricas asiáticas; sino todo su tiempo.. Es el tiempo de la vida, todo el tiempo de la vida, el que se utiliza en la jornada laboral, y sólo quedan fuera las horas imprescindibles para las necesidades biológicas. Es el tiempo de que está hecha esta gente lo que succionan las empresas que fabrican nuestros teléfonos móviles y nuestras zapatillas de marca, y los artilugios, caros o baratos, y la ropa de los pobres de occidente, que, muy a menudo, no pueden elegir qué ropa comprar. Es la salud de esos trabajadores que mueren de su trabajo, de las condiciones de trabajo, allá en Asia, sin que sean noticia en nuestros periódicos, lo que hace crecer los beneficios de los accionistas. El problema de los asiáticos es su trabajo: el nuestro, el paro (es decir, el trabajo). Ayer, el último boletín económico del Banco de España decía lo mismo que dicen todos los informes: 2012 va a ser un año de contracción económica, de recesión y más paro. En Barakaldo, que es la esencia de la Bizkaia fabril reconvertida al sector servicios con sueldos de 800 euros y un gran centro de exposiciones deficitario, en Barakaldo cuatro familias son desahuciadas semanalmente por no poder pagar la hipoteca o los impuestos municipales. Las ayudas sociales en apenas dos años se han quedado en la mitad. Y la distancia entre un trabajador en activo y uno en paro es quizás mayor que la distancia entre un trabajador vivo y un trabajador muerto.

Publicado en el diario El Correo en enero de 2012


sábado, 21 de julio de 2012

Malas prácticas

Publicado en el Diario El Correo el 17 de julio de 2012

Me gustó mucho el artículo de Kepa Aulestia titulado “Oportunidades perdidas”. En él se recordaba cómo en 2008 los líderes europeos proponían refundar el capitalismo, y cómo después la regulación de la economía financiera se ha ido dejando a un lado “en nombre de las urgencias que tenía esa misma economía financiera para recuperarse”. Es para llorar de risa. Aquellas declaraciones solemnes, aquellos firmes propósitos que se fueron dejando para mañana en la confianza y el deseo de que todo volviese a funcionar como antes; el impulso épico de la refundación del capitalismo, podríamos decir, se ha diluido y nos ha dejado en este charco en el que nada se funda pero todo se funde: Europa, el dinero, los sueldos, los ahorros, las prestaciones por desempleo, la confianza. Estábamos en una crisis de confianza, decían, y sólo la desconfianza ha crecido, ya que ha prevalecido el deseo de que las aguas volvieran a su cauce, y los bancos han vuelto o han seguido con eso que se llaman “malas prácticas”. Se llaman "malas prácticas" ahora que intervienen los tribunales; antes se llamaban “ingeniería financiera” o, como mucho, “venta agresiva” (que a menudo quiere decir estafa). Hace poco la cúpula directiva del Barclay's Bank cayó con un sonoro batacazo tras conocerse el resultado de una investigación de la Autoridad de servicios financieros del Reino Unido. El Barclay's y tres bancos más tendrán que indemnizar a los clientes a los que les vendieron gato por liebre y zorro por gato. “Productos financieros complejos”, parece que son. De paso se ha sabido que los bancos se ponían de acuerdo para manipular los tipos de interés. Ahora están siendo investigados por el departamente de justicia de Estados Unidos.
Algo similar ha pasado en España con la venta de acciones preferentes. Usted iba a su banco a renovar el plazo fijo de los ahorrillos y salía con un “producto financiero complejo” que vencía en 9999, número emblemático que puesto al revés nos da 6666, número diabólico. Un millón de ahorradores que creían estar renovando el depósito a plazo fijo o que no tenían ni idea de lo que compraban fueron asesorados por su banco para entrar en el camino de la ruina económica. Por eso una jueza de Cambados ha condenado a Novagalicia a devolverle sus 7.500 eurillos más intereses a un cliente al que, sencillamente, se le mintió para que firmara, y un juzgado de Girona ha condenado a Bankia a devolver 28.565 euros a un jubilado de 78 años que los había invertido en un producto tan complejo que ni la directora de sucursal que se lo encajó sabía bien qué le estaba vendiendo, por lo que no se lo pudo explicar. Bueno, pues cuatro años después de que Sarkozy proclamara “la refundación del capitalismo”, aquí estamos. Hasta la deuda pública es ya algo así como un producto financiero. “Controlan a la gente por medio del dinero de la propia gente”, se titula una información de Javier Muñoz sobre un libro de Louis D. Brandeis que está de plena actualidad, aunque se escribió (el libro) ¡en 1014!

Carretera y casa

Era la forma de vida de aquellos días en que los bancos querían prestar dinero a todo el mundo y todo el mundo quería deber dinero a los bancos. Especialmente los constructores. Era un mundo de casas que se reproducían como los clones de Galaxar en “Monstruos contra alienígenas” y de carreteras que crecían, se desdoblaban, se desplegaban, se multiplicaban entre las urbanizaciones. La gente trabajaba para pagar la hipoteca con la que pagaba la casa y la hipoteca con la que pagaba el coche. Los coches también aumentaban, crecían, se multiplicaban y corrían por las carreteras de una casa a otra, de una ciudad a otra, de la primera vivienda a la segunda vivienda. Los coches corrian sin parar hacia la segunda vivienda y hacia el hotel de la costa y hacia el aeropuerto y hacia el peaje de la autopista y hacia el desguace. Iban de la casa a la empresa, de casa a la fábrica. Todavía lo hacen si sus dueños conservan el trabajo, pero no se reproducen mucho, como las casas, que ya no se venden, ni aunque sean vivienda protegida. En cuanto a las carreteras, el problema actual es cómo mantenerlas, y no sólo eso, sino también cómo pagarlas.
Todo sucedió hace poco, hace un tiempo corto y feroz que le ha dado una vuelta de campana a la realidad. Los enemigos declarados del Gobierno de Rodríguez Zapatero decían que era el Gobierno el que nos estaba llevando a la ruina y que la clave estaba en la deuda pública, pero ahora que ya no tenemos la banca más sólida del mundo ha aflorado la verdadera base carcomida de la crisis: la deuda privada. Lo decían quienes sabían de estas cosas, pero ya no hace falta saber gran cosa para verlo: sólo verlo. La consultora Oliver Wyman, una de las dos consultoras independientes a las que se encargó una auditoría sobre los bancos españoles, ha publicado en su informe que “los casos de los que se tiene conocimiento parecen indicar que partes significativas de los créditos para la promoción y construcción inmobiliaria han sido mal clasificados como créditos empresariales corrientes”. Vamos, que el agujero del ladrillo es todavía más monstruoso de lo que se pensaba, ya que parte de él estaba discretamente disimulado.
Pero hay más agujeros. El más significativo es ese fantástico sumidero espacial de 3.800 millones de euros que brota de las autopistas de peaje. Ay, esas carreteras pensadas para un mundo descomunal, en crecimiento infinito, creciendo como un puente sobre la deuda, privada y pública, sobre un agujero de gusano que nos ha traído hasta estos días. La mayoría de ellas no tienen ni el 70% del tráfico previsto. Nueve concesionarias no pueden pagar ni los intereses de su deuda con los bancos.Y claro, ya están esperando que Papá Estado acuda al rescate. Es curiosa la relación entre el Estado y el capital ¿no es cierto? A veces hasta parece que fueran la misma cosa.

Publicado en el Diario El Correo el 26 de junio de 2012



jueves, 12 de julio de 2012

Encrucijada

Publicado en el Diario El Correo el 12 de junio de 2012


Vivimos un tiempo crucial. Ojalá no lo fuera. ¿Quién no preferiría vivir en un periodo tranquilo y próspero en el que pareciera que el mundo hubiese adquirido una forma amable y definitiva? Claro que incluso ahora el mundo es asi en ciertas áreas residenciales y nunca lo ha sido en otras. Nuestro tiempo es una cruz, un tiempo decisivo, una encrucijada. Los observadores marcianos de los relatos de H.G. Wells lo encontrarían emocionante; a nosotros nos parece angustioso. Hasta los mineros asturianos han vuelto de las profundidades (de las minas y de la historia) prometiendo convertir su desesperación en una revuelta.
Ayer fue un día crucial. En un primer momento, las ayudas europeas al Estado español para ayudar a la banca española redujeron la angustia de las bolsas, que, como hemos podido comprobar desde que prestamos alguna atención a estos asuntos, son bastante histéricas. “El rescate a España levanta el ánimo de los mercados”, decía el Financial Times por la mañana. Por la tarde ya decía otra cosa. El Gobierno español nos vendía el rescate como un triunfo, pero si no era como para celebrarlo por la mañana, cualquier alegría se terminó por la tarde. Todo se mueve, y rápido. Estábamos en el debate de si habíamos sido rescatados o ayudados, rescatados o un poco intervenidos, y ahora nos preguntamos si el rescate sirve para algo, si algo va a servir para nada. Ha sido un intento de ganar tiempo para la economía española y para la zona euro, pero tiempo es lo que falta, aunque sea tiempo de decisiones, tiempo para acertar con el camino o para errarlo. Por desgracia, las diferencias y los maletendidos entre los países europeos no ayudan Quizás porque se ha estado construyendo el mercado común y no se ha construido la cultura común que permita que los países se conozcan, se entiendan y hablen un mismo idioma, aunque no sea el alemán
Así pues ¿hemos ganado tiempo o lo hemos perdido? Y si tuviéramos más ¿acertaríamos el camino? Faltan cinco días para las elecciones griegas, donde la gente podrá votar a los partidos que propugan seguir en Europa y a los que no, a los que quieren seguir con las medidas de austeridad o a la Coalición de Izquierda Radical y su líder Alexis Tsipra. No sabemos cuánto falta, aunque sabemos que no mucho, para las elecciones en Euskadi, donde la gente podrá votar a los partidos que apuestan por los recortes y a los que no, a los que quieren seguir en Europa y en España y a los otros. El panorama político vasco ha cambiado y Euskal Herria Bildu ofrece la posibilidad de rechazar casi todo e ir por el camino de la soberanía y la “soberanía alimentaria”. Ahora ya no se trata sólo de elegir al mejor gestor. ¿Qué dirección tomará Euskadi? ¿Hacia dónde va Europa? Se nos ofrecen diferentes caminos, pero son caminos sin vuelta. Es la encrucijada. Es cuestión de tiempo.

martes, 10 de julio de 2012

Viernes 13

Publicado en el diario El Correo el 8 de mayo de 2012

Los viernes ya son de Rajoy, son los viernes de Rajoy, de las bromas en twitter, del miedo, la decepción o la ira. El viernes le ha robado protagonismo al lunes como día aborrecible. Del lunes se ha hablado siempre mucho para decir lo malo que es. Maldito lunes. Sobre el viernes, conveníamos en que está lleno de cansancio y de alivio. Es un día de promesas que no van a cumplirse, o no del todo. Promesas concretas que dan lugar a hechos y frustraciones puntuales; promesas vagas de una vaga libertad y una renovación imposible. Es la antesala del sábado y poco más, el viernes. Un derrumbadero hacia el fin de semana. La semana es un ciclo cultural y está troquelada con arquetipos que unifican nuestra percepción de ella, pero no las semanas mismas. Mi semana y la semana de Rajoy son muy distintas. La del estudiante y la del ama de casa, la del pequeño empresario y la del director de un gran banco son muy diferentes. Los escalones del viernes son más o son menos escalones, suben o bajan, llevan a mundos dispares. Los eslabones de la semana cambian con cada semana y con cada sujeto. Pero los viernes de Rajoy han entrado en la mente de todos como el emblema del tiempo que vivimos, en la acepción de la política doméstica y bajo el acento circunflejo de la pérdida. Ya nos van a quitar hasta los viernes que se cultivan en la juventud para conservar luego a lo largo de la vida su pequeño rito de pasaje hacia la nada. A cambio nos entregan los viernes de Rajoy, que son viernes de una prolongada cuaresma laica, viernes de la sorpresa amarga y de los recortes. Desde que Rajoy dijo aquello de “Cada viernes, reformas; y el que viene, también” (lo dijo un sábado) nos acercamos a este día con suspicacia y resentimiento. Por si fuera poco, Bruselas anuncia que anunciará en viernes si le parecen bien y bastante las medidas de austeridad españolas. Ya todos los viernes son viernes 13. ¿Qué podemos esperar, salvo que suba el IVA y encojan los servicios públicos? Para el próximo viernes, el terreno de juego es el crucial, resbaladizo territorio de la banca y los misterios financieros. Teníamos esta economía de jugar con el dinero, de apostar en el casino del mundo, de comprar barato y vender caro, de precios incomprensibles. "Cuando el sistema financiero rozó la realidad, constató que estaba en el aire" decía ayer el historiador Daniel Reboredo en este periódico. El batacazo fue sonoro, pero no fue una explosión desintegradora gracias a que el dinero público acudió al rescate. El próximo viernes se volverá a salvar a la banca. Esta vez don Mariano Rajoy y su Gobierno van a "sanear" la banca española, que tiene los cimientos podridos de ladrillo podrido. Ni Mariano Rajoy puede estar seguro de que la banca sea "saneable". Lo que sí sabe --lo sabemos todos-- es que, después de esto, tendremos que ajustarnos aún más el cinturón.



Bankia

Bankia es un nombre que parece salido de la oficina de nombres de Fernando Beltrán. Digo que parece, no que lo sea. Fernando Beltrán, el poeta que ha creado las marcas lingüísticas con que son conocidas tantas empresas españolas del siglo XXI, es el hombre que encuentra los nombres necesarios. Tiene Fernando Beltrán una relación especial con la lengua, una relación imaginativa, creativa, inteligente y emocional. Sabe ver el funcionamiento de la lengua, sabe oirlo y perseguirlo, sabe participar de la vida de las palabras, y por eso los políticos, los directivos, los accionistas acuden a él para que les diga cómo ha de llamarse ese complejo artefacto administrativo, financiero, comercial, científico o industrial que tratan de poner en pie. A veces ha salvado un proyecto dándole nombre. Fernando Beltrán ve los nombres de las cosas cuando las cosas aún no lo tienen. Bankia parece una palabra de las que se han escapado de su fábrica de palabras, pero tal vez no lo sea. No he encontrado en ningún sitio, ni en el sitio web de Fernando Beltrán, el testimonio, la prueba. En todo caso, quien hizo el nombre seguía la estela de Fernando Beltrán, aunque no fuese él mismo, que también sigue su propia estela de nombres: Amena, Faunia, Opencor o Musa a las nueve, por ejemplo. También Aliada, La Casa Encendida, Emergia o Asombra forman parte del rastro de Fernando Beltrán. Creo que Bankia no, no viene de ahí, pero sigue siendo un buen nombre, y, sin embargo, la realidad lo está cubriendo de ironía y amargura. Es ya como el nombre de un país dentro de un país, el topónimo para una tierra de desastres y perplejidades. Tiene sustancia pero se refiere a una realidad sin aplomo, y cuando lo oímos, escuchamos el ruido de la ilusión que no puede fingir, de los trajes que se derrumban en escena sobre su propia sombra y entonces vemos que la sombra está hecha de palabras negras  y de números que se desangran y que son sombras. Bankia es un nombre rotundo para la mentira de su solidez y para las contradicciones que forman su viga maestra, y España es un país donde, actualmente, un 25% de la población corre el riesgo de ser pobre. Hace cinco años, Cáritas atendía a 400.000 personas en este país llamado España; hoy atiende a millón y medio. La distancia entre ricos y pobres crece cada día y en medio de la desilusión y la desconfianza, en mitad de todo lo que flaquea y teme, está la isla ficticia de Bankia, están los pies de barro de Bankia, y el crédito que no remonta, y los pisos que no se venden y la operación de rescate y las responsabilidades que no se piden y el precio de la deuda pública y los comedores de Cáritas y el corazón de ladrillo podrido de Bankia. No, creo que este no es uno de los nombres de Fernando Beltrán, porque los nombres de Beltrán suelen tener suerte y bajo el suelo de Bankia y las fortunas de sus directivos hay un profundo subsuelo desafortunado.

Publicado en el diario el Correo el martes 29 de mayo de 2012

lunes, 9 de julio de 2012

Miedo


Ya dice el poeta José Fernández de la Sota que somos tres cuartas partes de agua y una de miedo. Lo dice en un poema o texto titulado “Miedo”. Lo dice, cuantas veces ustedes quieran escucharle, en You Tube, acompañado por el guitarrista Jon Bañuelos, en un poema o texto que termina así: “tatuaje, herida, casa, última propiedad del hombre, corazón del mundo”. Eso es el miedo. El mundo de nuestros días parece estar otra vez, como tantas otras veces, como en muchas otras crisis lejanas y cercanas, en las manos del miedo. Un miedo que va de veras, que no es un juego de adolescentes ni una película de Amenábar. Un miedo que va y viene por las autopistas de fibra óptica y por los mercados. Los mercados tiemblan, se agitan, tienen fiebre. El miedo ha infectado la economía, la economía da miedo. Dan miedo los mercados que se asustan y las reformas que se hacen y las que no se hacen. Dan miedo los recortes de Rajoy y el rumbo de la Comunidad Europea, que le marca el rumbo a Rajoy. Dan miedo las advertencias del New York Times sobre la mala gestión de la crisis de deuda en Europa que obliga a una mala gestión de la crisis en España, donde la purga prescrita por Merkel está dando resultados, pero malos. “Ningún país puede pagar sus deudas asfixiando su crecimiento económico”, ha dicho el editorialista del New York Times. Según el editorialista del New York Times, el Gobierno está estafando “a la fuerza de trabajo de mañana para pagar la burbuja inmobiliaria de ayer”. El Gobierno, es verdad, trató de negociar una reducción de la deuda más flexible. No consiguió gran cosa. Según el New York times, afrontamos “un ciclo destructivo”: A más recortes, más contracción económica, y a mayor contracción de la economía, más recortes. El diario neoyorkino avisa, y la revista Science, otra de las publicaciones más prestigiosas del mundo, le ha dedicado un artículo de análisis a la ciencia española, no por sus logros, sino por su destrucción. ¿Qué futuro le espera a un país que barre su sistema de investigación y desarrollo? Ninguno. La gente lo sabe y por eso tiene miedo. Euskadi es una de las comunidades autónomas que más ha apostado por la investigación y la innovación, con buenos resultados, y en los últimos días se ha hecho famosa una frase de Fernando Cossio, director de Ikerbasque, la Fundación Vasca para la Ciencia: «Los países ricos no invierten en ciencia porque son ricos, sino que son ricos porque han invertido en ciencia» No nos podemos permitir el lujo de derrochar, ni tampoco de retirar el dinero de allí donde es imprescindible: por ejemplo, la investigación. Por ejemplo, la educación. No es de extrañar que la consejera Isabel Celaá se haya revuelto contra las medidas de recorte en este último terreno. El único miedo del Gobierno de España parece ser hoy el miedo a la intervención. A los ciudadanos nos asusta ver cómo se desvanece el mañana.

Publicado en el mes de abril de 2012 en el diario El Correo

domingo, 8 de julio de 2012

El progreso


Con las últimas vueltas de la historia, a los nuevos ricos de siempre, que nunca son los mismos y que siempre son más zafios, se opone la masa social nacida del derrumbamiento de una parte de las clases medias, sombra amasada con casos, nombres, personas a las que se les ha hundido el suelo bajo los pies. El hambre ha vuelto a ser en Europa el monstruo que duerme bajo la cama, el hambre en los tiempos de las conexiones inalámbricas y de la imagen digital. En los tiempos de la escuela 2.0, los sindicatos de enseñanza griegos nos cuentan que en su país ha habido varios desmayos de alumnos de primaria por hambre. Los recortes de las ayudas sociales les recuerdan a una buena parte de la población que cuando Dios aprieta, aprieta de verdad; y a los grupos de riesgo de antes de la crisis se une la clase media y media baja que protagoniza el desempleo o el florecimiento de los infrasueldos, y que no tiene derecho a ninguna ayuda, según la legislación vigente, o que ve cómo las ayudas desaparecen cuando más falta hacen. Los comedores de Cáritas reciben la visita de personas que no los habían pisado en su vida y los bancos de alimentos no dan abasto, mientras los bancos, que recibieron dinero público a espuertas, al parecer se resisten a hacer circular el dinero allí donde se necesita.
Que el progreso no es inevitable lo sabemos hace tiempo. El progreso, ese invento del siglo de las luces, de la cultura ilustrada europea, es la primera y la última utopía, la más resistente, la isla de tiempo que ni es la misma para todos ni todo el mundo se empeña en perseguir, aunque casi todo el mundo lo hace o cree hacerlo. Persiguiendo el progreso, las sociedades occidentales se han encontrado de pronto siguiendo otra cosa, otras cosas, y nadie recuerda cuándo nos dieron el cambiazo. Sólo vemos que la estela era engañosa, y que podría ser el momento de volver a una idea de progreso más antigua y más sólida. Porque al principio, al principio de este mundo que ha matado sus utopías en los gulags y en los delirios del poder que se perdió por el camino, estaba la idea de que progresar es eliminar el hambre, la explotación y la ignorancia. Y esa idea era buena. Todos estamos de acuerdo en que la idea es buena. Pero sólo es una idea, claro. La ciencia, que nos iba a llevar a un mundo mejor, nos ha traído hasta el negocio de las telecomunicaciones y la idea del progreso ha sido sustituida por la de progreso tecnológico. Eso pasó hace tiempo, en la ciudad mecánica, en Hollywood y en la televisión que te dice lo que tienes que comprar y en el establecimiento que te vende lo que hay que tener. Íbamos a erradicar la pobreza, siempre lo íbamos a hacer, pero estábamos muy ocupados persiguiendo el último teléfono móvil o el último Ipad, ese que se fabrica casi por entero en China, en fábricas llenas de polvo de amianto que de vez en cuando explotan. El progreso, ya ven.

Publicado en el mes de febrero de 2012 en el Diario El Correo

sábado, 7 de julio de 2012

¿Crisis? ¿Qué crisis?


Esto no es una crisis, nos dicen algunos economistas. No es una crisis, sino un cambio. Pero no, no es un cambio, sino el resultado del cambio. Cinco años de crisis ¿no es mucha crisis? El cambio ya se ha producido. Ha pasado lo que tenía que pasar. No estamos en una situación transitoria, sino en una nueva situación. Nos lo decía José Manuel Gil Vegas en el diario El Correo. José Manuel Gil es profesor de la Deusto Business school. No lo llamen crisis, nos dice José Manuel Gil. Llámenlo, por ejemplo, nuevo escenario. Adaptense a él. No se resistan, que es peor, nos dice el profesor. Gil. ¿Y en qué consiste este nuevo escenario? Pues, ante todo, en que no tenemos dinero para mantener el nivel de gasto público y privado de antes. Ya lo ha dicho Rajoy en su viaje transoceánico: no hay dinero.
Ese nivel de gasto lo teníamos por culpa del crédito, gracias a los créditos, gracias o por culpa de los préstamos con interés, las hipotecas, la deuda. La deuda era una forma de vida. La deuda permitía que amplios sectores de población accediesen a bienes de consumo que sin ella no hubieran podido disfrutar. La deuda permitía financiarse a los Estados. No estaba mal la deuda. No estaba mal vista. Al revés. ¿Qué ciudadano obediente a las reglas del juego, integrado en el orden social, dirigido por la publicidad, podía sentirse a gusto sin estar pagando el crédito de la vivienda, del coche, del coche nuevo, de la segunda vivienda, de las vacaciones en Tailandia? La deuda era buena. La deuda era mejor. Todo inducía a la deuda. Era la base de la actividad económica y el cimiento de la actividad inmobiliaria. Era el becerro de oro y el sueño de las masas.
Pero ahora es mala. No mala, sino malísima. Por eso los recortes son imprescindibles, nos dicen, y por eso, nos dicen, deberíamos someternos mansamente a la tijera que, con la deuda, va recortando inversiones, derechos, igualdad, cooperación, cooperación al desarrollo mientras grandes corporaciones occidentales se van quedando con la tierra cultivable de África. Porque ya no son solamente las piedras preciosas y los metales raros y el oro negro los recursos apreciados, los recursos estratégicos, sino que ahora lo es también la tierra, la misma tierra despreciada, la tierra fértil, derrochada, destruida, imprescindible. El agua, la tierra, las cosas básicas e imprescindibles, esos son los recursos sobre los que ahora, con la población mundial creciendo hacia los 9.000 de almas que se calcula que alcanzaremos en 2050, atraen el interés de los propietarios del mundo y de los jugadores de Bolsa. Sí, eso también es parte del nuevo escenario. Como la deuda que es preciso reducir, la deuda pública que, a pesar de ser mucho menos preocupante que la privada, centra los esfuerzos, los trabajos y los días del Gobierno español.
Pero no debemos limitarnos a pensar en la maldita deuda, nos decía José Manuel Gil, tan partidario de recortes y reformas que a los demás nos parecen recortes, sino, sobre todo, en el modo de competir bajo las nuevas circunstancias. No sé si los gobiernos miran o no miran más allá de los gastos que hay que reducir, pero las empresas sí piensan en los ingresos y ya tienen la solución para mantenerlos o aumentarlos: ¿invertir en investigación, en creatividad, en eficiencia? No: recortar plantillas, recortar sueldos. Son las grandes tendencias del momento: comprar tierra cultivable en África,  en la periferia europea. El Estado recorta los presupuestos de los Ministerios, los Gabinetes y los servicios públicos; las empresas recortan gente y le recortan la vida a la gente. Por supuesto algunas empresas no pueden hacer otra cosa, pero hay otras cosas que podrían hacer muchas empresas. Según José Manuel Gil, la crisis actual, si queremos llamarla así, consiste sólo en nuestra resistencia ante el cambio. Así que cambiémoslo todo para que nada cambie. Cuanto antes reorganicemos el sistema financiero y el mercado de trabajo, mejor. Volvamos a la senda del crecimiento, de la crisis energética, de la crisis alimentaria, demográfica, ambiental... El nuevo escenario. ¿Crisis? ¿Qué crisis?

domingo, 1 de julio de 2012

Menos es más

(Publicado en el Diario El Correo, edición impresa)

Es hora de sacar el lema del minimalismo a la ventana como se saca la bandera de un club de futbol, de sacarla a la calle como se sacan las mesas de los cafés en un día de sol. Es una frase famosa; tendrá que serlo más. El que la hizo famosa fue el diseñador y arquitecto Mies Van der Rohe, y aunque ha sonado mucho durante muchos años del siglo XX, el siglo XXI la está aprovechando aún mejor. Pues es la frase que nos enseña  a desconfiar de las metas imposibles,  a comprender la belleza de lo simple y el valor de todo lo que hemos estado derrochando o dando por hecho. “Menos es más” ha sido una propuesta estética, pero toda estética conlleva una ética, y la frase es también el lema del movimiento cultural, filosófico y social del decrecimiento. 
Primero nació la idea del crecimiento sostenible, y luego la idea de que el crecimiento no es sostenible si no se detiene nunca. Menos es más, dicen los partidarios del decrecimieno. Y la frase quiere decir que es preciso trabajar menos, producir menos, gastar menos y vivir más. La vida entonces no es el combustible de un crecimiento que nos arrastra sin darnos tiempo a pensar a dónde vamos, sino un fin en sí misma, para el que debemos proveer lo necesario, no lo superfluo ni lo inútil. Las cosas valiosas no deben derrocharse, y las cosas valiosas son los recursos naturales, los bienes culturales, la gente, el tiempo. Ya no basta con no crecer: hay que decrecer para que la vida tenga dimensiones humanas, no dimensiones industriales. Nicolas Ridoux, que es ingeniero, cuando fue director de ventas comprobó que le exigían el crecimiento perpetuo y pensó que aquello era de locos. Por eso es autor de un libro que se titula “Menos es más”. Decrecimiento no es recesión, dice Ridoux: es la única salida a la recesion. Y ojo, la recesión no es decrecimiento.
A medida que la crisis económica barre la ilusión de la omnipotencia, las cosas básicas adquieren más valor, y comprendemos el valor de lo que no veíamos y era la base de nuestra existencia aún cuando no lo viéramos. Claro que el lema minimalista se convierte en un chiste cruel si lo aplicamos al decrecimiento que contrae los servicios sociales, el empleo y los sueldos. Los recortes han eliminado más de cien mil puestos de trabajo en el sector público sólo en los últimos seis meses, leíamos ayer en este periódico. Para muchas familias, leíamos ayer en este periódico, la última barrera contra la pobreza es la pensión de viudedad de la abuela. Tiene narices; las viudas, que ya eran pobres en el Antiguo Testamento, sosteniendo malamente a sus nietos y a sus hijos. En estos casos no nos sirve el lema “menos es más”. En estos casos, más es menos, y donde comen dos comen tres, es verdad, pero comen menos.

Así en el cielo como en la Tierra

  Algunos días el tiempo se vuelve extraterrestre. E s por los cirroestratos. E xtienden su capa gris perla y la luz se e xtraña de sí mi...