Poblad la tierra

 Poblad la tierra, dijo el Dios del Génesis. Y durante miles, millones de años, los grupos, las hordas, los pueblos, los ejércitos, las multinacionales se han trasladado de un sitio a otro, cruzando mares y estrechos, poblando tierras despobladas y despoblando tierras pobladas. Cuando la Tierra toda estuvo poblada, salvo los remotos e inhóspitos ecosistemas donde el Dios del Génesis colocó una reserva de vida, los pobladores se dedicaron a poblar lo que estaba poblado. Mala cosa. En sus vaivenes y oleadas, la población humana ha dado lugar a extraños fenómenos, como la vida en las ciudades y el descubrimiento de mundos que ya estaban habitados.
No somos muy distintos de las bacterias, que también pueblan lo que pueden. Las bacterias llevan inscrito en su libro de intrucciones bioquímicas el mandato primordial del Dios de Génesis. Hasta en Marte, ese mundo hostil y desmesurado, podría haber bacterias. Será difícil saberlo porque el Curiosity, la nave terrestre que se ha posado en la roja superficie del planeta rojo, no lleva instrumentos para detectar vida, de modo que no podrá recoger evidencias directas a favor o en contra de la hipótesis de la vida marciana. En cuanto a la población o repoblación de Marte, sería mucho más fácil para algunas bacterias terrestres que para nosotros, los seres humanos, que somos más exigentes en cuanto a las condiciones que necesitamos para vivir.
En nuestra forma de adaptarnos al medio y de adaptarlo a nosotros, hemos creado la vida rural y la vida urbana, el paraiso, urbano o rural, y el infierno, que es principalmente urbano pero también campesino. Una vez creado y poblado nuestro mundo sería bueno pensarlo. Una vez que la historia ha rodado y moldeado el mundo y la Tierra está poblada hasta la saturación, debería llegar el tiempo de la conciencia, pero casi todo en este mundo sigue guiado por procesos inconscientes. Si no fuera así, pensaríamos las ciudades para que se parezcan más a la Naturaleza y funcionen como ella, se autoabastezcan y autorregulen, y pensaríamos también cómo inventar un modelo de vida en el campo liberada de sus raíces en el mundo feudal. 


En España, hoy, los pueblos abandonados durante el siglo XX atraen la atención de muchas personas para quienes la vida en la ciudad se ha vuelto difícil, porque las ciudades se vuelven más hostiles en los periodos de crisis económica. Pero la gente de la ciudad no tiene los conocimientos necesarios para sobrevivir en el campo, dice Maximiliano Herrán, creador de pueblosabandonados.com. Todo un caudal de conocimientos que no están en los libros ni en Internet (saber cuándo se debe plantar una lechuga o cómo ayudar a parir a una oveja) se han perdido en menos de dos generaciones, dice Maximiliano. Pero eso no es completamente cierto. Permanecen en los libros, en la gente que los escribe o los lee, ingenieros agrónomos o veterinarios o antropólogos o buscadores. Lo que hace falta es ponerlos a disposición de todos. Divulgación, se suele llamar esto. Lo curiososo es que nadie se va al campo sin financiación (¡ay, la financiación!) pero parece que algunos lo hacen sin aprendizaje. Esto es una buena medida de la importancia que nuestra sociedad le da al conocimiento.
En la historia del Génesis, nuestro origen es el origen del conocimiento y del precio pagado por él. ¿Somos la criatura que conoce y se conoce o nos creemos más conscientes y conocedores de lo que somos? El conocimiento vive ahora también fuera de nosotros, guardado, organizado, el hileras, en filas, en páginas, en archivos, en memorias, esperando a que lo tomen. El conocimiento puede redimir el campo de sus plagas tradicionales y refundar el mundo rural abandonado. Puede viajar y mezclarse y seleccionarse. Hacer que el campo se parezca más a la ciudad y la ciudad más al campo. Hacer más habitable el mundo. Pero es sólo una posibilidad, en esta era llamada del conocimiento. Podría suceder que todo él quedara al fin fuera de nosotros, guardado, almacenado, inconsciente, inoperante, muerto.

Entradas populares