El derrumbe

El Derrumbe I, técnica mixta: lápiz, cera y herramientas de phoshop

El derrumbe está aquí. Se oye su ruido sordo y creciente. Se oye en los comedores escolares y en las alacenas vacías, en los pisos ocupados donde se vive sin agua corriente ni luz eléctrica, en los jóvenes investigadores que emigran y en las empresas que cierran, en el dinero que se le quita a la Sanidad Pública y el que se les mete a los bancos, en el ruido de escorrentía del dinero que se embalsa en los paraísos fiscales... 

El derrumbe está en la desunión europea y en el fracaso del euro, en la estolidez de los simpáticos ciudadanos que no saben que la burbuja inmobiliaria ha pinchado ya, en la continuidad del clientelismo y del sectarismo, en todas las estafas que afloran para que nos demos cuenta de que el suelo que pisábamos estaba hecho con podredumbre y materiales caducos. 

Está en las medidas que se toman para apuntalar los edificios ruinosos, para sostener las mismas causas de los repentinos hundimientos que se producen aquí y allá atrapando a miles de víctimas bajo los escombros: pequeños ahorradores, afectados por la hipoteca, trabajadores en paro que nunca cotizarán bastante; trabajadores que, por medio de la relación libre y responsable que mantienen con su empleador, han decidido trabajar más horas por menos sueldo, incluso trabajar sin apenas sueldo, incluso trabajar por nada. 

El derrumbe está también en las fábricas que se incendian y se derrumban, en las minas que se derrumban, en los países que se derrumban, pero todo esto sucede en Asia, en África, en América y la gente cree que no tiene nada que ver con el derrumbe europeo. Pero tiene todo que ver. Todo tiene que ver. Los sueldos de miseria y las miserables fábricas alojadas en edificios mal hechos que matan a la gente en Bangladesh tienen que ver con el paro de acá, con las fábricas que aquí cierran. El dinero embalsado, remansado, muerto tiene que ver con el crédito que no fluye. Los recortes en Sanidad tienen que ver con la privatización de los servicios sanitarios. Y en conjunto todo es un derrumbe que empuja hacia abajo la vida de ayer y nos da la oportunidad de despertar de un sueño. 

Hay quienes niegan el derrumbe, tal vez porque les conviene o porque no quieren verlo o no quieren verlo así. Para ver todo lo que se derrumba a nuestro alrededor y dentro de nuestras vidas habría que colocar una cámara y dejarla ahí mirando el mundo y hacer una infinita película time-lapse sobre las corrientes del hormiguero y las mareas del capital. Así, quienes no ven el hambre, la angustia, los días sin futuro, podrían ver los procesos históricos, que son lentos y enormes como la deriva del cielo. Igual se asustaban porque veían aparecer en el horizonte cosas que no habían previsto. 

Hasta dónde llegará el derrumbe no lo sabemos. En todo caso, algo nacerá de la lenta caída del mundo. Cada mundo cae en otro semejante y distinto, mejor o peor. La realidad es un juego probabilístico. De todos los mundos que podrían aparecer en el plazo de unos años ¿cuál es el que está naciendo? ¿Qué cosas harán que nazca uno y no otro? ¿Tiene el azar algún papel en la realidad que consideramos o hay una relación de causa efecto que se viene produciendo desde un tiempo tan remoto que no podemos verlo, que nunca podremos ver –que ya fue, que ya empezó lo que hoy empieza, y que ya nos jodió? 

El derrumbe nos está reduciendo y aplastando, pero es también, sí, una oportunidad. No me refiero a la oportunidad de hacer negocio, se habla mucho de la oportunidad de empezar nuevas líneas de negocio, sino de descubrir que hay vida fuera del trabajo que se compra y se vende y formas de organizarse fuera del mercado. Esta es también la oportunidad de exigir Estados más transparentes, más democráticos, más participativos. La de renovar los pactos podridos o caducos. La de inventar una forma de limpiar las democracias antes de que las respuestas totalitarias que surgen siempre ante las crisis se ganen el favor popular. Y esto será algo inevitable si no hay una reacción desde dentro, una verdadera reacción, una reinvención del sistema que es lo que en España se está reclamando bajo el nombre de segunda transición democrática. Algo que, de momento, ni se ve en el horizonte

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