sábado, 20 de julio de 2013

Festival

Ha llegado el tiempo de las fiestas populares (las que han nacido de sí mismas en la geografía de la mundialización) y de los festivales que encarnan localmente un paradigma universal: el de la fiesta-concierto al aire libre con electricidad, alcohol y apetito (siempre insatisfecho) de bacanal postmoderna. Mientras Benicássim enferma de un I.V.A del 21%, escasez de abonos y problemas empresariales, el BBK Live Festival de Bilbao se consolida y ya ha pasado este año por las campas akelárricas de Kobetamendi, donde Mark Lanegan salió a cantar bajo una tormenta de los mil diablos y aguantó varias canciones bajo la lluvia y los truenos antes de que la lluvia y los truenos arruinaran el espectáculo. 
El espectáculo, por supuesto, siempre continúa en otra parte, bajo el cielo veleidoso, el cielo benevolente, el cielo eterno, pues el cielo del verano es todas estas cosas, aunque no para todos. El verano eterno es de quienes pueden coger un avión para seguirlo. Ellos lo saben, saben que siempre está ahí, después de un vuelo más o menos corto. Luis Bárcenas lo sabe y se resiste a pasar sus días a la sombra mientras el resto del partido aguanta el sol de julio. Los ciudadanos de a pie, que pagamos impuestos, pagamos los vidrios rotos y hacemos cola para pagar, vemos el verano venir y marcharse con su cortejo de festivales y músicas. Los músicos viajan por un círculo de escenarios, hoteles y aeropuertos para hacer su trabajo, que es arte –más o menos– y el capital viaja por el aire y por la fibra óptica para pagar las fiestas de los paraísos donde siempre es verano y, si no, primavera. “Eventos”, que antes quería decir “acontecimientos”, ahora, por influencia del español de América, es una palabra internacionalmente dedicada a los festivales de todo tipo, a los partidos del Barça, a las grandes reuniones y su compleja organización. Antes usábamos mucho la palabra “fiesta”, y ahora además tenemos esta otra, “festival”, que también viene del latín pero pasando por el inglés y por Río de Janeiro. 
Un festival es algo más que una fiesta, y algo menos genérico, y siempre tiene una parte de despliegue y desfile, o es la parte de despliegue de la fiesta, como el fabuloso crecimiento del caso Bárcenas, que en países menos sometidos al influjo de los dioses del verano hubiera terminado ya en un gran derrumbamiento. La política española debería arruinar la producción de culebrones: éstos ya no servirán ni como imitación chunga de la realidad, que los sobrepasa en sus excesos, ni como evasión, pues se parecen demasiado a ella. Pero siempre habrá quien prefiera una mala copia a un original malo; quien se niegue a mirar este festival desquiciado en el que se disuelve la fiesta de ayer, esta resaca en el que el espectáculo se supera a sí mismo y los actores componen un carnaval grotesco y fantástico que atraviesa el verano.
(Artículo publicado el martes 16 de junio en el diario El Correo)

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