Poemas para la gente: Los parques

Las horas del día van cambiando la ciudad.

Pasan y ella responde. Y ya es otra.
Es un gran buque la ciudad,
anclado en tierra pero atento al aire.

Allá va por sus horas mudando como un astro.
Las estaciones del día se suceden.
El tren del tiempo llega y parte.


Pero la hora primera y la hora última
son de los parques.

Despiertos en la luz que se transforma
cuando todo se activa o se demora,
(la luz, la misma luz, la máquina viviente
llenándose de luz o vaciándose),
los parques son los centros
que irradian su quietud al final de los ciclos.

Blanca vela que sube o que se pliega:
ese es el signo, la hora del aliento.
Hojas, pulmones, branquias. Luna inmóvil,
signo que avisa
a los pájaros.
El estanque está lleno de reflejos.
Sobre los parques se ha detenido el mundo.

¿No parece que hay solo realidad
y presencia en la lenta llamarada
escondida que nace o que se pierde,
la marea de sombra que recobra
sus pertenencias, o las abandona,
como si nunca fuera a terminar
el tránsito y el ir o el revolverse?

El cálido crepúsculo, digamos,
en un jardín de arena y de cipreses
mientras cantan las sombras, no, los pájaros
y un surtidor repite su arco de sonido.

Pero el tiempo ya crece con su gran voz mecánica,
Y nos llama también
fuera del muro.

Tenemos que marchar. Y allí dejamos,
detrás, a nuestra espalda,
la eternidad que no era nuestra,
la quieta intensidad
que nos expulsa.


(Del libro Poemas para la gente, 2007)

Entradas populares