Escrito en Agosto (Arena)

El verano es una estación real y una estación virtual, una época del año y un territorio imaginario, una costumbre y un puñado de arena. Arena de la playa y arena del desierto que viene de África (viene quizás de Egipto, viene quizás de Siria). Viento sur, arena que se esparce fragmentando el aire. Luego está el agua del mar. Gotas de agua y reflejos, un flujo de minúsculas porciones, una borrachera de fragmentos. Algo así como abrir el periódico –abrirlo sobre la mesa del bar, abrirlo en la pantalla del ordenador– y leer los pedazos del mundo que se nos ofrecen como pedazos del viejo estadio de San Mamés preparados para colocarlos sobre el escritorio, la mesilla o la balda de los bibelots.

El verano trae su borrachera de fiestas y de excepciones, y agosto es la pura cima del verano, pero, a la vez, cruzada la mitad del mes, septiembre asoma ya con su manía de hacernos regresar a donde sea, de hacernos volver a cualquier cosa (quizás de hacernos volver al lugar de donde nunca nos fuimos). Por eso agosto está lleno de fiestas. Fiestas populares, Semanas Grandes, vírgenes y santos de agosto, hoguera del verano. No es casualidad: es un plan milenario para que nos tiremos de cabeza al torbellino antes de que nos rindamos a septiembre, es decir, a la vida prosaica, a la semana vestida con ropa de trabajo. Cruzada la simbólica mitad de agosto, nos quedan fiestas todavía para marear el tiempo y esperar un poco antes de afrontar lo que vuelve o lo que llega: las empresas cerradas, el déficit  en el presupuesto de la Sanidad Vasca, el paro estructural, el precio de los libros de texto... En fin, el gran regreso.

Hoy tengo la cabeza llena de  granos de arena en los que rebota la luz del verano y de gotas de agua que me recuerdan una discusión  mantenida por mi hija y sus compañeras de clase cuando estaban en preescolar. Querían dirimir si el mar era un contínuo homogéneo o una agregación de gotas. Al parecer las opiniones estaban muy encontradas. Las niñas de preescolar tienen una tendencia natural a la filosofía presocrática. Entre las aristas del día refulgen, cómo no, los datos económicos, y me fijo en que los de Francia son mejores que los españoles aunque en Francia no se hayan aplicado recortes tan drásticos como los que se aplican al sur de los Pirineos. Dicen que amaina la crisis, pero lo que amainará pronto es el verano, la tormenta de las fiestas  y los muchos días sin lluvia. Yo creo que sí, que vivimos sumergidos en un mar discontínuo de átomos, de pedazos, de cosas, y que a veces es difícil ordenar todo esto. Dicen que es la postmodernidad, una especie de playa cubierta por los restos de muchos naufragios. Estas palabras son cristales y reflejos, forman una pieza de una serie, se interrumpen para volver, serán otras. Agua o arena.

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