La lista Falciani y la vida del dinero


Qué bien vive el dinero en el mundo encantado de la magia financiera y en los paraísos donde tiene su residencia, lejos de las sucias manos de los desharrapados que con frecuencia tienen su residencia a la intemperie. Allí huelga y engorda dulcemente. Hay algo en la naturaleza humana que tiende a la acumulación y la desmesura. Habría que habilitar mecanismos sociales para que esta tendencia no se nos fuera de las manos, pero en general se hace exactamente lo contrario. Algunos miles de los muchos millones de euros que suma la lista Falciani proceden de España, donde el Estado no consigue recaudar lo necesario para ofrecer buenos servicios sociales. Es lo que nos dicen. Que no hay dinero. La idea es que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades pero sobre todo en cuanto a servicios públicos. No nos podemos permitir ni la Sanidad que teníamos, que ya era muy mejorable, ni la que tenemos ahora, y por eso hay que hacer que encoja y que dependa de ciertas empresas privadas, aunque oímos decir todavía que es la mejor del mundo, y se ve que por eso la están cambiando, para que no sea la mejor del mundo, que es algo que no nos corresponde (pregunten a la señora Merkel).
Es imprescindible, nos dicen, que el Estado invierta menos en educación, en investigación y en ayuda a la dependencia. Bueno, eso nos decían al principio de la legislatura, ahora nos quieren hacer creer que ni se gasta menos ni se muere la gente en las listas de espera. Entonces sale a la luz la lista Falciani y el ministro Montoro nos recuerda que eso es viejo, que es un viejo material de pufos antiguos, fortunas ya amnistiadas y viejas trampas legales. Pero en realidad es un registro de los últimos años donde se hunde con estrépito (y muchos daños colaterales) el argumento en favor de la desigualdad según el cual cuando los que más tienen ganan sin tasa y tienen oportunidad de ganar más se produce enseguida, por virtud de una misteriosa e irrefutable ley económica, un efecto beneficioso para la sociedad entera en forma de creación de empleo.
La lista Falciani, que es sólo una de entre todas las listas posibles de fortunas legales e ilegales, es la demostración de que en el mundo existe más riqueza de la que sus dueños podrían gastar en varias vidas y que, sin embargo, esa riqueza no crea empleo, sino que, apocada y pudibunda, se recoge en las sombras para no ser vista. Estudiando a través de la lista Falciani los hábitos de las grandes fortunas resulta que estas tienden a recluirse en las prisiones de lujo de la banca suiza donde no puedan ser de utilidad a nadie, ni siquiera a sus dueños, pues a partir de un determinado número de cientos de miles el dinero ya sólo sirve para ser acumulado. ¿Para qué quiere tanto dinero esta gente? Básicamente para que no lo tengan otros. Por eso el dinero se va a Suiza, a Andorra y a donde haga falta para no pagar impuestos. Hay quien incluso se marcha él mismo a Suiza y fija allí su residencia (o al menos eso dice) con tal de no contribuir a que los ciudadanos de su país tengan buenos hospitales, protección social y escuelas para sus hijos. No habrían dejado de ser asquerosamente ricos si hubieran pagado a Hacienda (unos miles o millones menos no habrían afectado a su tren de vida) pero ellos, nos explica la lista Falciani a través de los periodistas que la analizan y escrutan, enviaban sus fortunas a los exclusivos internados donde se las mantenía ocultas para mantenerlas intactas. Allí se codeaban con las fortunas de las estrellas del pop y los tiranos, los traficantes de drogas y de armas, los señores de la guerra y los jefes del terrorismo internacional.
No todos los que tienen cuentas en Suiza las mantienen allí eternamente ociosas, pues algunos las utilizan para comprar bombas y carros de combate, y tampoco todos ellos han quebrado la ley: es perfectamente legal tener dinero en Suiza. Pero ¿quién querría llevarlo allí si no es para eso que se resume en la frase “defraudar al fisco”. Seguramente con los impuestos que no han pagado los españoles que tienen su dinero en la filial suiza del HSBC (sobre todo los que con el sabio consejo del banco se lo han llevado a paraísos fiscales más exóticos y aún más impenetrables) se podría comprar mucho Sovaldi y hasta pisos para alojar a quienes no tienen casa, aunque si luego Ana Botella se los vende a un fondo buitre no habremos adelantado gran cosa. Según Álex Madariaga, de ATTAC Cataluña, sin evasión fiscal el Estado español tendría superávit, pero las sanciones a los defraudadores millonarios son de risa y los Gobiernos no se emplean a fondo en la tarea conjunta de eliminar los paraísos fiscales. Al señor Montoro le tiene que poner una lista de evasores delante de las narices para que los vea. Es que meter en vereda a las grandes fortunas da algo así como vértigo. Cuánto más fácil es cortar y recortar los servicios públicos y exprimir un poco más las rentas del trabajo, que esas no pueden irse a Suiza y menos aún a las Bahamas.

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