El coche electoral



No es la campaña de la uva, pero sí una especie de recolección. El escritor Felipe Benítez Reyes ha dejado esta frase en Facebook: “Los altavoces de los coches electorales suenan como los de los vendedores ambulantes de melones”. Hace poco, mientras paseaba al perro en una de esas horas fantasma que tienen las ciudades cuando se ponen tontas, veía pasar y repasar un coche electoral que acaso había elegido esa hora para cumplir con su obligación de forma discreta. Era un coche electoral vergonzoso, un poco tímido, que parecía llevar a cabo una tarea vergonzante, quizás porque era domingo, quizás porque estaba ensayando, porque no quería molestar –aún. Las tardes de domingo ya son raras como la paradoja de una rutina excepcional, pero los coches electorales no sé bien qué són. Tal vez un anacronismo, un rasgo de otro tiempo que se cuela en el nuestro, o la manifestación de otro mundo, un mundo secreto y fantástico como el de las Crónicas de Narnia pero que no está poblado por faunos y brujas, sino por cachivaches automáticos y robots de hojalata gigantes. Se ve que no entiendo bien las campañas de recolección de votos, porque estos coches de propaganda electoral me parecen fenómenos incongruentes. ¿Para qué sirven? Nadie en su sano juicio puede creer que van a vender un solo melón o producir un solo voto. ¿Para que sirve poner las caras de los elegibles por toda la ciudad y por las carreteras del campo? En mi ciudad, las caras de los elegibles dan vueltas montadas en el tranvía como en un tío-vivo. Uno de ellos es (lo juro) un personaje sacado de la serie Historias Corrientes (Regular Show). Puede que los otros también, ahora que lo pienso.
Hacer campaña electoral con coches de estos es como hacerla con sofás hinchables, sólo que lo segundo es más inteligente, pues sirve para que el sofá aparezca luego en todos los medios de comunicación con Esperanza Aguirre sentada en él como si estuviera haciendo algo además de posar en actitud de cercanía hacia los ciudadanos, que viene a ser la cercanía mutua que tienen ella y sus votantes de siempre. En él PP se han quedado tan contentos con el sofá hinchable que luego han repetido la estrategia. Podían haber repetido con muñecas hinchables, pero lo han hecho con bicicletas porque ellos son muy ecologistas, les preocupa mucho la contaminación en las ciudades, la diversificación energética, la promoción de medios de transporte alternativos. La campaña, claro, se desarrolla ahí, en los medios de comunicación, en las redes y un poco también en las calles, pero no con coches de venta ambulante. La campaña electoral debería servir para que los partidos nos hagan llegar sus propuestas y sus programas (es lo que dice la teoría, ¿qué teoría?), pero una campaña que se hace con un sofá hinchable tipo chéster, con bicicletas y canciones chungas, con cochecitos que dan vueltas haciendo girar la carraca de sus lemas y sus melodías irritantes no se distingue de las que idean los gabinetes de publicidad para vender crecepelo, jabón o ropa de marca. Si el detergente no lava, si el programa electoral no se va a cumplir, pues no se cumplió nunca, da lo mismo. La publicidad de un producto que es total o parcialmente creación de la propia campaña se resuelve en un esfuerzo cerrado, frívolo y excitante. 
Lo malo son esos coches como piezas rezagadas que se han quedado dando vueltas por la ciudad. Por ellos se ve que el teatro del absurdo no murió con el siglo XX. Fito Cabrales, que es músico y no político, ha dicho refiriéndose a las elecciones que “hace falta que suceda algo”. Hace falta, al menos, que se vaya ese cochecito terrible que no para de dar vueltas sobre su propia música irritante. Ay, si los jabones empezaran a lavar y no nos vendieran estampitas en el tenderete del gran toco-mocho... Eso ya sería fantástico, una revolución silenciosa, interna, definitiva. Pero igual es que preferimos comprar el envoltorio en lugar del producto, igual es que ya ni distinguimos los productos de los envoltorios. 

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